06/02/2022
QUE
VIENE EL COCO.
La
retórica está, y siempre ha estado, a la orden del día en el discurso político,
pues el ser humano posee una parte no racional a la que es mucho más fácil
acceder y sobre la que es sencillo influenciar. A los rojos les gusta hacer uso
de palabras como “rancio”, ”casposo”, “fascista” … para etiquetar de manera
negativa a todo aquel que rechace su estúpido plan mesiánico.
Desde
las maravillosas entrañas de un judío alemán que no dio un palo al agua en toda
su vida, vivía del dinero ajeno y debía, por tanto, cantidades grandes de
deuda, salió el diagnóstico de un mundo enfermo y su cura. Es algo inmutable y
eterno: los fuertes se sobreponen a los débiles, la burguesía oprime al proletariado.
Desde entonces, con el fervor religioso de un yihadista encocado y la capacidad
de autocrítica de una feminista convencida, numerosas personas a lo largo y
ancho del mundo han luchado, en muchos casos exitosamente, por traer a la
tierra un mundo feliz, donde prima la igualdad, y donde los recursos se
comparten, de manera forzosa, en beneficio de todos.
Bueno
al menos ese era el plan. La realidad, dejémonos de etiquetas divertidas, es
que gracias al comunismo murieron de hambre millones, se estancaron decenas de países,
y han sufrido violencia y represión decenas de millones. Y sin embargo lo
gracioso es que la etiqueta que ha conservado su fealdad no ha sido “comunismo”
sino “fascismo”.
Las
palabras son ambiguas, cuando conversamos asumimos que todos entendemos lo
mismo por la misma palabra, pero esto no siempre pasa, de ahí que existan
palabras tan difíciles de traducir.
Bien,
“fascismo” es uno de esos términos que ha transmutado a lo largo de los años y
ha pasado a ser sinónimo de “mal”, “dictadura”, “extrema derecha”. Al analizar
política hay que recordar lo que está en juego: poder. A este poder quieren
acceder numerosos grupos de personas, y como se organizan estos grupos,
alrededor de que valores, varía en gran manera. Oyendo una conversación media
cabría pensar que el comunismo y el fascismo son totalmente opuestos, no
obstante, comparten ciertas similitudes.
Buscan
un estado grande a través del cual dictar lo que ocurre en sus sociedades, son
amigos de la represión y no admiten un alto grado de libertad de expresión…
Difieren en otras cosas: los comunistas son ateos, aunque religiosos, pues el
comunismo en sí es un dogma establecido por profetas, los fascistas en
principio son fieles cristianos; los fascistas ensalzan el concepto de nación o
raza, a los comunistas les encanta morirse de hambre… Bueno al fin y al cabo
tienen su diferencias que los hacen que estén en diferentes grupos que ostentan
al poder y por lo tanto les interesa que los otros tengan mala fama y mala
suerte.
Sin
embargo, haciendo un análisis frio y racional de los hechos el comunismo ha
sido millones de veces peor. Aun clasificando la Alemania nazi como fascista (discutible)
nos queda la España de Franco, el chile de Pinochet y la Italia de Mussolini. Países
donde hubo represión, pero no hubo ni de lejos la miseria y hambre que hubo en
los países comunistas. Las cifras de muertos corroboran lo que digo, además de
que hubo prosperidad. La unión soviética, la república popular de china, los
regímenes comunistas de Cuba y Camboya, el vigente régimen de Corea del Norte,
en todos ellos la represión ha sido peor, pero tienen mejor nombre por algún
puñetero motivo. El comunismo está blanqueado, y el fascismo ennegrecido,
cuando a ojos vista debería ser al revés.
Nota
del editor: las reflexiones ya están algo caducas. ¿En qué sentido? Que el tema
de las palabras gatillo, las etiquetas diseñadas para sepultar la reputación de
los enemigos, está quizás ya trilladísimo. No obstante, no me avergüenzo de
pasar por terreno pisado por mis propios medios. La innovación no es algo siempre
bueno.
En
cuanto a mis palabras sobre la Italia de Mussolini, y el Chile del Pinochet
deben ser tomadas con pinzas: no tenía ni puta idea de esos países cuando
escribí el texto; sigo sin tenerla hoy en día.
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