sábado, 13 de diciembre de 2025

EDWARD GIBBON, EL CRISTIANISMO Y EL IMPERIO ROMANO DE ORIENTE.

 13/12/2025

 

EDWARD GIBBON, EL CRISTIANISMO Y EL IMPERIO ROMANO DE ORIENTE.

 

No me gusta como menté a Gibbon sin haberlo leído. Digo que conozco su tesis, pero probablemente ni siquiera he leído un párrafo suyo. Voy a escribir (bueno, me lo va a escribir el O.D. para ser honestos) este artículo para enmendar mi error y ofrecer una perspectiva más imparcial. Es, como siempre, un esfuerzo por instruirme a mi mismo y después a los demás de una manera entretenida y sin ambages y ganas de hacerme el culto.

 

Al final de mi pregunta anterior (tratada en el anterior artículo), me ofrece mi amigo inteligente el explorar la cuestión cristiana. Esto a mi me importa. Me peleo a menudo con paganos que quieren tachar el cristianismo como veneno judío que ha debilitado los pueblos europeos, principalmente los superiores genéticamente. Según ellos, los nórdicos. Pero hay que ser justos.

 

Yo digo:

 

¿Qué opinas del papel del cristianismo? ¿Es cierto que Gibbon lo señala como la principal causa de la caída del Imperio?

 

Él me contesta:

 

La cuestión del papel del cristianismo en la caída del Imperio romano está rodeada de mucho mito y caricatura, pero también de una intuición histórica real que Edward Gibbon supo captar con enorme agudeza, aunque la formuló de un modo que hoy resulta difícil de sostener. Gibbon no escribía solo como historiador, sino también como ilustrado y anticlerical, reaccionando tanto contra la Iglesia de su tiempo como contra lo que él percibía como la decadencia intelectual y cívica de la Antigüedad tardía.

 

En “The History of the Decline and Fall of the Roman Empire”, Gibbon sostuvo que el cristianismo había sido una de las causas principales de la caída de Roma, aunque no la única ni una causa mecánica y directa. A su juicio, la nueva religión había debilitado el espíritu cívico y militar romano al desplazar las virtudes clásicas —la virtus, la gloria, el honor público— y al poner el acento en la salvación individual y en el más allá. Además, consideraba que el cristianismo había desviado recursos fundamentales del Estado hacia la Iglesia mediante exenciones fiscales, donaciones masivas y el sostenimiento de un clero cada vez más numeroso. A esto añadía la fragmentación interna provocada por las disputas doctrinales, las herejías, los concilios y las persecuciones entre cristianos, así como la deslegitimación del viejo culto cívico, que había servido durante siglos como pegamento simbólico del orden político romano.

 

Sin embargo, aunque Gibbon identificó transformaciones reales, exageró su alcance y simplificó sus efectos. El cristianismo no destruyó el Imperio romano, pero sí alteró profundamente su naturaleza, y esa transformación tuvo consecuencias ambivalentes. Para empezar, el cristianismo no volvió pacifistas a los romanos. Los ejércitos de los siglos IV y V siguieron siendo tan violentos y letales como los anteriores, y los emperadores cristianos —desde Constantino hasta Teodosio o Valentiniano— hicieron la guerra sin especiales escrúpulos morales. Tampoco fue el cristianismo el responsable de la crisis económica del Imperio: la inflación, el colapso fiscal y la ruralización habían comenzado antes de su triunfo oficial y respondían a causas estructurales como el fin de la expansión, el enorme gasto militar y las epidemias.

 

Donde el cristianismo sí introduce un cambio profundo es en el plano simbólico y moral. En la Roma clásica, la religión era inseparable del deber cívico: sacrificar a los dioses era un acto político, y el orden religioso garantizaba la victoria militar y la estabilidad del Estado. El cristianismo rompe esa lógica al proponer una lealtad última que no es política, sino transpolítica, y a un Dios que no es el de Roma. Incluso cuando el cristianismo se convierte en religión oficial, la vieja idea de res publica como comunidad sagrada queda debilitada.

 

Relacionado con esto está el desplazamiento de la legitimidad moral. En el mundo romano tradicional, el emperador era pontifex maximus y el orden político coincidía con el orden cósmico. En el mundo cristiano, el emperador pasa a ser un laico ante Dios, susceptible de corrección pública por parte de los obispos, como muestra el célebre enfrentamiento entre Ambrosio de Milán y Teodosio. Esto no destruye el Imperio, pero lo fragmenta moralmente e introduce centros de autoridad paralelos que antes no existían.

 

El cambio quizá más profundo afecta al horizonte del sacrificio. En la República, morir por Roma equivalía a alcanzar la gloria eterna; en el cristianismo, el sacrificio supremo es morir por Cristo y asegurar la salvación del alma. Morir por el Imperio no deja de ser posible ni honorable, pero pasa a ser contingente y secundario. No es que los romanos dejen de luchar, sino que Roma deja de ser el valor absoluto por el que todo lo demás se ordena.

 

Aquí es donde la interpretación de Gibbon resulta más problemática. Para la mayoría de historiadores actuales, el cristianismo triunfa porque Roma ya está en crisis, no al revés. La nueva religión ofrece comunidad, sentido, redes de ayuda y una autoridad moral coherente en un mundo donde el Estado ya no cumple eficazmente esas funciones. En este sentido, el cristianismo no mata al Imperio, sino que ocupa el vacío que el propio Imperio ha ido dejando.

 

La gran ironía histórica es que el cristianismo contribuye a la descomposición del Imperio romano de Occidente, pero al mismo tiempo hace posible la supervivencia de Roma bajo otra forma. Sin la Iglesia no habría transmisión del derecho romano, ni preservación del latín culto, ni memoria imperial. La Iglesia hereda Roma cuando Roma ya no puede sostenerse a sí misma como proyecto político.

 

Así, Gibbon fue un autor brillante, provocador y profundamente parcial. Acertó al señalar que el cristianismo cambió el alma del Imperio, pero se equivocó al pensar que ese cambio bastaba para explicar su caída. Hoy diríamos que el cristianismo fue un factor decisivo de transformación cultural y moral, no la causa principal del derrumbe.

 

En último término, Roma cayó cuando el Estado dejó de ser un proyecto compartido, cuando las élites dejaron de jugarse la piel y cuando la identidad cívica se diluyó. El cristianismo no creó esa crisis, pero ofreció una salida espiritual que ya no pasaba por Roma. Y eso explica tanto su aparente papel disolvente en Occidente como su perfecta compatibilidad con la supervivencia imperial en Oriente.

 

Entonces, se abre una nueva veta. ¿Qué hay de Bizancio? ¿Podemos decir que el Imperio no cayó, porque Bizancio permaneció, y esperar que eso sea una idea-fuerza convincente?

 

A ver, yo soy el primero que quiere defender el cristianismo fijándome en Oriente. Ciertamente con Justiniano aun podemos hablar de Imperio, aunque estaba cogido con pinzas debido a la escasez de personal... Pero ¿es justo hablar de Oriente como Imperio? Llega un momento que tras las incursiones árabes primero y turcas después su dominio queda reducido a la Península Balcánica, ¿no?

 

Y entonces mi colega dice:

 

La duda que planteas es muy legítima y, de hecho, se sitúa en el centro de un debate historiográfico clásico: hasta qué punto es correcto seguir llamando “Imperio romano” a lo que solemos denominar Bizancio. La respuesta breve es que sí, es justo hablar de Imperio, pero no en el mismo sentido que en la Roma clásica y no sin importantes matices. La cuestión es compleja porque depende de qué criterios se utilicen para definir qué es un imperio y qué es, específicamente, un imperio romano.

 

Si atendemos a esos criterios, Bizancio pierde claramente la continuidad territorial que había caracterizado al Imperio romano clásico, pero conserva de manera sorprendentemente sólida otros elementos fundamentales durante siglos: la continuidad legal, la continuidad institucional y la autopercepción identitaria. El derecho romano sigue vigente, la maquinaria administrativa imperial continúa funcionando y, sobre todo, el Estado y sus habitantes se conciben a sí mismos como romanos sin ambigüedad alguna.

 

En tiempos de Justiniano, en el siglo VI, todavía es posible hablar de Imperio casi sin comillas. La reconquista de Italia, África y parte de Hispania, la codificación del derecho romano, la existencia de una administración imperial reconocible y la vigencia de una ideología imperial universal hacen que su proyecto no sea meramente simbólico. Sin embargo, como bien señalas, ese Imperio estaba sostenido con enorme fragilidad. La escasez de población, las guerras agotadoras y la peste de Justiniano minan gravemente su base material. Aun así, la pretensión imperial sigue siendo real y operativa, no una simple nostalgia del pasado.

 

El verdadero punto de inflexión llega en el siglo VII con las conquistas islámicas, más que con la posterior presión turca. La pérdida de Siria, Egipto y Palestina supone un golpe fiscal y demográfico devastador y marca el fin del Mediterráneo como espacio romano unitario. A partir de ese momento ya no estamos ante una Roma en dificultades, sino ante un Estado que se ve obligado a reinventarse para sobrevivir.

 

Es aquí donde surge la objeción más fuerte: si el dominio imperial queda reducido, ¿no se limita esencialmente a la península balcánica? La respuesta requiere matices importantes. El Imperio no se reduce solo a los Balcanes; Anatolia sigue siendo durante siglos el auténtico corazón del Estado, tanto en términos demográficos como militares y económicos. Constantinopla, además, controla el Bósforo y rutas comerciales clave, lo que le otorga una posición estratégica excepcional. Territorialmente el Imperio es más pequeño, sin duda, pero sigue siendo continuo, centralizado y estratégicamente coherente, muy lejos del carácter fragmentario y caótico de la antigua Roma occidental.

 

Lo que cambia de manera decisiva es el propio concepto de Imperio. El Imperio romano clásico había sido universalista, expansivo y centrado en el Mediterráneo como espacio político integrado. El Imperio romano medieval, en cambio, es defensivo, cristiano y claramente centrado en Constantinopla. Su supervivencia se apoya en una fiscalidad eficiente, una diplomacia extremadamente sofisticada y una forma de guerra más limitada y calculada. Es un Imperio orientado a resistir y perdurar, no a conquistar sin cesar, salvo en momentos muy concretos.

 

En este nuevo contexto, la universalidad ya no es territorial, sino ideológica. El emperador sigue siendo el basileus ton Rhomaion, el Estado sigue concibiéndose como la autoridad romana y los súbditos continúan llamándose a sí mismos Rhomaioi. No hay ruptura identitaria. Para quienes viven dentro del Imperio, no existe “Bizancio”: existe Roma, aunque sea una Roma transformada.

 

Una comparación incómoda pero útil ayuda a aclarar esta cuestión. El Sacro Imperio Romano Germánico presenta una enorme pretensión imperial, pero una continuidad institucional y legal muy limitada. Bizancio, en cambio, muestra una expansión territorial modesta, pero una continuidad administrativa, jurídica y cultural extraordinaria. Si uno de los dos merece con mayor justicia el nombre de Imperio romano, ese es Oriente.

 

Incluso en los siglos finales, entre los siglos XIII y XV, cuando el territorio imperial se reduce de manera dramática, siguen existiendo un emperador, una corte, un sistema jurídico romano, una burocracia funcional y una diplomacia plenamente integrada en el concierto internacional. Han existido imperios con menos recursos y menor coherencia. El problema no es el tamaño del territorio, sino la capacidad de gobernar de forma imperial, y Bizancio conserva esa capacidad hasta el final.

 

En conclusión, tu intuición es correcta en parte. El Imperio oriental ya no es el Imperio romano clásico, ni es universal en sentido territorial, ni domina el mundo mediterráneo. Pero también es cierto que mientras Constantinopla resiste, Roma sigue viva, no como un recuerdo arqueológico, sino como un Estado romano plenamente consciente de sí mismo.

 

Finalmente, todo esto conecta directamente con la cuestión del cristianismo. Oriente demuestra que el cristianismo no impide la supervivencia imperial. Lo que destruye al Imperio es la pérdida de recursos, la presión externa constante y, sobre todo, la incapacidad de Occidente para reinventarse. Bizancio supo hacerlo; Occidente, no.

 

Señala algo superimportante, a mi juicio. Cuando se pierde el norte de África se pierde el granero del Imperio. Para mí, entonces, es cuando carece de sentido usar la etiqueta de manera “propper”, como dirían los ingleses. Se da el típico fenómeno de que el signo permanece, pero el significado cambia. De esto Umberto Eco ha hablado cosas. Ya no es una expansión territorial enorme, que abarca etnias diversas, con zonas que dan réditos agrícolas gigantescos. Es un enclave de un par de penínsulas (cuando rechazan a los árabes primero) y finalmente de una cuando los turcos ganan terreno.

 

Es admirable su sofisticación y perseverancia, claro. Son muchos siglos de resistencia y de baluarte contra el Islam y de conservación de la sabiduría (que tanto los árabes omeyas, los cruzados y los venecianos van extrayendo y redescubriendo). Pero no es el Imperio Romano de Claudio. De Trajano. De Marco Aurelio. De Constantino. Incluso de Justiniano. Es otra cosa. Un reino medieval muy avanzado.

 

¿Dónde diablos se perdió la receta del fuego griego?

LA CAIDA DEL IMPERIO Y LA ENTREGA DE LA VIDA, LA LUCHA Y LA MUERTE.

 13/12/2025

 

LA CAIDA DEL IMPERIO Y LA ENTREGA DE LA VIDA, LA LUCHA Y LA MUERTE.

 

He estado escuchando bastantes charlas sobre las distintas épocas romanas de la antigüedad. De la Roma imperial, en mayor parte. El año pasado me informé someramente de cómo era la República tras las guerras con Cartago, en las defensas contra los bárbaros del norte (en esa época teutones y cimbrios), maniobradas por la figura impresionante de Mario. No es el punto de este artículo escrito por alguien que sabe de veras poco del tema ahondar en Mario, las reformas que hizo a las legiones, como incorporó los plebeyos a la vida militar y que influencia tuvo en Julio Cesar, una de las figuras que siempre me han atraído de manera magnética y subconsciente.

 

En honor a la verdad, parte de mi conocimiento viene del primer libro de Santiago Posteguillo sobre Cesar, parte de las charlas de Eva Tobalina y otros, y de haber leído los “Comentarios sobre la Guerra de las Galias”. Que no es nada, pero sí es poco. Siguiendo esta práctica de ser cristalino, para que se vean claramente mis intenciones y no haya dobleces, enfoco mi investigación como un hispano de genética íbera, cristiano convencido, que rehúsa a admitir que el cristianismo fue la causa de la caída de un Imperio, y que, mostrando un ecléctico caso del síndrome de Estocolmo, quiere reconciliar una gente que sometió a sus ancestros y les dio una plataforma en la Historia. Aunque ese tema de las identidades me lo guardo para luego.

 

De modo que seguimos con lo ya hablado anteriormente, y añado un poco más. ¿Por qué cayó el Imperio Romano? Veamos lo que he conversado con mi particular oráculo de Delfos:

 

Roma cayó porque no había romanos que quisieran morir por ella. Esto no es solamente un problema demográfico, no obstante. Es una cuestión también de desilusión, pérdida de la convicción de que la clase dirigente vela por el bien común y se juega la piel tanto como los de abajo.

 

La cuestión pertinente es, pues, ¿Roma hacía más por su pueblo en los tiempos de la mediana república (durante las guerras con Cartago y Macedonia) o en la época imperial? Tengo entendido que los tiempos posteriores a Marco Aurelio fueron especialmente convulsos. Los bárbaros ganaban fuerza y el núcleo interno de Roma, principalmente la península itálica, se desentendía en lujos y vanidades. Las legiones las componían gentes de los lindes, no romanos de rancio abolengo. Gentes de los lindes olvidadas y expuestas a las inclemencias de los enemigos. Luego, a la solución a la que se llega si no entiendo mal, es que Roma comience a depender de federados. Esencialmente tribus germánicas medio romanizadas, pero que mantenían una identidad cultural lo suficientemente distinta como para no integrarse del todo.

 

Eso fue la semilla de la futura caída. Al fin y al cabo, no son los hunos los que acaban con el imperio romano de occidente, si no los godos, un pueblo del que Roma había hecho uso por décadas.

 

O sea que, de nuevo, pregunto, ¿Roma hacía más por su gente en la época medio republicana que en la bajo imperial?

 

El contexto, claro, es que recién me he informado de como era la época bajo imperial de manera más exhaustiva. Había pocos soldados romanos, necesitaban de alianzas constantes con visigodos, francos, alanos, burgundios y supongo que un largo etc. Alianzas que se rompían y se volvían a establecer, pues su brazo llegaba a lo que llegaba. Los hunos habían llegado pisando fuerte desde hace un tiempo, saqueando incluso Egipto, pasando por todo lo que hoy es Grecia y los Balcanes y jodiendo la marrana estableciéndose en la estepa más allá del Danubio y un poco alrededores de él (creo que en las grandes planicies que hay en Hungría y aledaños).

 

Aecio venció a Atila en los Campos Cataláunicos, después de sorprenderlo en el asedio de Orleans, mostrando un genio militar enorme. Decidió perdonarle la vida, seguramente, en un quizás errado cálculo político, pensando (de nuevo especulamos) que los godos en sí ya eran un problema y solo faltaba que tuviese que lidiar con ellos sin el azote que los había mantenido a raya. El hijo del muerto Teodorico (el cual inspiró a Tolkien para la figura de Theoden cuentan las buenas lenguas) se marcha tras la batalla a sus dominios en el suroeste para ponerles las cosas claras a sus hermanos. Luego no sé que pasa la verdad, aún no lo he investigado, pero son los visigodos los que saquean Roma otra vez y acaban con el imperio.

 

Nota del editor a tiempo real: falso. Los visigodos habían saqueado Roma ya en el 410 (no en torno al 20 como quise dejar caer en mi comentario sobre el romano amargado del otro día), liderados por Alarico. O sea que los federados ya habían saqueado Roma bien saqueada y los que le dan el golpe de gracia tras una serie de sucesos de los que no tengo ni zorra idea, parece ser que iban tras el liderazgo de un tal Odoacro, de origen godo genérico (ni “visi” ni “ostro”) y seguramente mezclado con huno.

 

Parece ser que por entonces ya quedaba poco de ejército romano propiamente dicho. Me aventuro a que fue por tremendas luchas intestinas y asesinatos entre bambalinas.

 

La cuestión, de vuelta al meollo: ¿valía la pena morir por Roma más en la época republicana que en la época bajoimperial? ¿La cuestión es de Perogrullo? Veamos lo que nos cuenta O.D.:

 

La idea de que “Roma cayó porque no había romanos dispuestos a morir por ella” es sugerente, pero necesita matización. Roma no colapsó por falta de hombres ni siquiera por falta de ciudadanos romanos en sentido jurídico. Lo que se erosionó progresivamente fue el vínculo entre el Estado, las élites y la población. Cuando ese vínculo dejó de percibirse como recíproco y pasó a ser puramente instrumental, Roma dejó de sentirse como algo propio. El problema no fue que la gente se volviera cobarde, sino que el Estado dejó de parecer justo, compartido y digno de sacrificio.

 

En la República media, especialmente durante los siglos III y II a. C., ese vínculo funcionaba de manera relativamente sólida. El ciudadano romano pagaba con su sangre, pero recibía algo a cambio: botín, tierras, prestigio y posibilidades reales de ascenso social. Las élites combatían en persona y compartían los riesgos, como muestran los numerosos cónsules muertos en batalla o las derrotas devastadoras asumidas colectivamente. Existía una noción clara de res publica: el Estado no era una entidad abstracta ni una corte distante, sino algo que pertenecía a los ciudadanos. No era una sociedad igualitaria ni benévola, pero sí una comunidad percibida como compartida.

 

Esa percepción se reforzaba por una identidad cívica muy fuerte. El ejército era esencialmente una milicia ciudadana, y el servicio militar estaba ligado a la propiedad, al derecho al voto y al honor familiar. Morir por Roma tenía sentido porque Roma era, en gran medida, la proyección ampliada de uno mismo, de la familia y del linaje.

 

Con el Alto Imperio, entre los siglos I y II, comienza una transformación decisiva. El sistema ofrece paz, seguridad, infraestructuras y abastecimiento regular, pero a cambio el ciudadano deja de ser un actor político. El ejército se profesionaliza y el poder se concentra en el emperador y su entorno. Mientras hay expansión, botín suficiente, emperadores competentes y un sistema fiscal soportable, el equilibrio se mantiene. Sin embargo, ese modelo depende de condiciones que no pueden sostenerse indefinidamente.

 

El reinado de Marco Aurelio marca un punto de inflexión. Tras su muerte, el Imperio entra en una fase de guerras casi continuas, epidemias, presión creciente en las fronteras y crisis sucesorias. Roma ya no puede ofrecer lo mismo que antes, pero sigue exigiendo cada vez más. Es aquí donde empieza a romperse la percepción de reciprocidad.

 

En el Bajo Imperio, la sensación de que Roma hace menos por su gente se vuelve evidente. Italia pierde progresivamente sus privilegios fiscales, Roma deja de ser una capital efectiva y las élites viven del Estado más que para el Estado. No se trata solo de decadencia moral o gusto por el lujo, sino de una desvinculación estructural entre quienes gobiernan y quienes sostienen el sistema.

 

Al mismo tiempo, el ejército deja de ser “romano” en un sentido cultural fuerte. El reclutamiento se concentra en las zonas fronterizas, en gentes que defienden territorios que no sienten como propios y que rara vez ven al emperador. La lealtad se desplaza del Estado a los generales, y Roma comienza a externalizar su defensa de forma progresiva.

 

La incorporación de federados es, en ese contexto, una solución lógica a corto plazo, pero un desastre a largo plazo. No se trata simplemente de mercenarios, sino de pueblos enteros armados dentro del Imperio, que conservan sus líderes, sus leyes y su identidad. Roma ya no integra; negocia desde la debilidad. Por eso es significativo que no sean los hunos quienes destruyan el Imperio de Occidente, sino los godos, un pueblo que llevaba décadas sirviendo a Roma, que conocía sus debilidades y que sabía que el Estado romano no cumpliría sus promesas. La ruptura de la confianza es total.

 

Así, a la pregunta de si Roma hacía más por su gente en la época medio republicana que en la bajo imperial, la respuesta es afirmativa. No solo hacía más, sino que pedía menos sin ofrecer nada a cambio. En la República media existía un equilibrio entre sacrificio, recompensa y pertenencia; en el Bajo Imperio, el vínculo se reduce a impuestos, coerción y alienación. Roma no cayó por falta de soldados, sino porque dejó de ser percibida como un proyecto común.

 

Roma no murió cuando entraron los bárbaros. Murió cuando ser romano dejó de significar algo por lo que valiera la pena arriesgarlo todo. Y eso, como bien intuyes, no es solo un problema demográfico, sino profundamente político y moral.

 

Este análisis, claro, no puede sustituirse por opiniones de expertos que citan las fuentes primarias. Tengo entendido que José Soto Chica lo hace y tengo ganas de comprarme su libro “El Águila y los Cuervos”, que va de todo esto. La inteligencia artificial tiende a darte la razón y confirmar parcialmente tus sesgos, en mi experiencia, pero creo que en general todo esto es certero.

 

Siempre queda la perenne pregunta, ¿estamos exagerando? ¿Tan mal se vivía? Hay que tener en cuenta que los ciudadanos de la república se tenían que enzarzar en luchas terribles y brutales con los pueblos que los rodeaban. Vale, sí, que vengan los bárbaros y te roben las cosechas, te violen la mujer y te degüellen es una putísima mierda. Pero ¿y si no te enteras? ¿Y si haces oídos sordos? Supongo que es lo que pasa ahora. Ejem. Hay malos foráneos que matan robando viejas, violan en grupo, hacen que en ciertos barrios no se pueda vivir… No obstante, ¿y si no te enteras? Tampoco se vive tan mal.