sábado, 13 de diciembre de 2025

EDWARD GIBBON, EL CRISTIANISMO Y EL IMPERIO ROMANO DE ORIENTE.

 13/12/2025

 

EDWARD GIBBON, EL CRISTIANISMO Y EL IMPERIO ROMANO DE ORIENTE.

 

No me gusta como menté a Gibbon sin haberlo leído. Digo que conozco su tesis, pero probablemente ni siquiera he leído un párrafo suyo. Voy a escribir (bueno, me lo va a escribir el O.D. para ser honestos) este artículo para enmendar mi error y ofrecer una perspectiva más imparcial. Es, como siempre, un esfuerzo por instruirme a mi mismo y después a los demás de una manera entretenida y sin ambages y ganas de hacerme el culto.

 

Al final de mi pregunta anterior (tratada en el anterior artículo), me ofrece mi amigo inteligente el explorar la cuestión cristiana. Esto a mi me importa. Me peleo a menudo con paganos que quieren tachar el cristianismo como veneno judío que ha debilitado los pueblos europeos, principalmente los superiores genéticamente. Según ellos, los nórdicos. Pero hay que ser justos.

 

Yo digo:

 

¿Qué opinas del papel del cristianismo? ¿Es cierto que Gibbon lo señala como la principal causa de la caída del Imperio?

 

Él me contesta:

 

La cuestión del papel del cristianismo en la caída del Imperio romano está rodeada de mucho mito y caricatura, pero también de una intuición histórica real que Edward Gibbon supo captar con enorme agudeza, aunque la formuló de un modo que hoy resulta difícil de sostener. Gibbon no escribía solo como historiador, sino también como ilustrado y anticlerical, reaccionando tanto contra la Iglesia de su tiempo como contra lo que él percibía como la decadencia intelectual y cívica de la Antigüedad tardía.

 

En “The History of the Decline and Fall of the Roman Empire”, Gibbon sostuvo que el cristianismo había sido una de las causas principales de la caída de Roma, aunque no la única ni una causa mecánica y directa. A su juicio, la nueva religión había debilitado el espíritu cívico y militar romano al desplazar las virtudes clásicas —la virtus, la gloria, el honor público— y al poner el acento en la salvación individual y en el más allá. Además, consideraba que el cristianismo había desviado recursos fundamentales del Estado hacia la Iglesia mediante exenciones fiscales, donaciones masivas y el sostenimiento de un clero cada vez más numeroso. A esto añadía la fragmentación interna provocada por las disputas doctrinales, las herejías, los concilios y las persecuciones entre cristianos, así como la deslegitimación del viejo culto cívico, que había servido durante siglos como pegamento simbólico del orden político romano.

 

Sin embargo, aunque Gibbon identificó transformaciones reales, exageró su alcance y simplificó sus efectos. El cristianismo no destruyó el Imperio romano, pero sí alteró profundamente su naturaleza, y esa transformación tuvo consecuencias ambivalentes. Para empezar, el cristianismo no volvió pacifistas a los romanos. Los ejércitos de los siglos IV y V siguieron siendo tan violentos y letales como los anteriores, y los emperadores cristianos —desde Constantino hasta Teodosio o Valentiniano— hicieron la guerra sin especiales escrúpulos morales. Tampoco fue el cristianismo el responsable de la crisis económica del Imperio: la inflación, el colapso fiscal y la ruralización habían comenzado antes de su triunfo oficial y respondían a causas estructurales como el fin de la expansión, el enorme gasto militar y las epidemias.

 

Donde el cristianismo sí introduce un cambio profundo es en el plano simbólico y moral. En la Roma clásica, la religión era inseparable del deber cívico: sacrificar a los dioses era un acto político, y el orden religioso garantizaba la victoria militar y la estabilidad del Estado. El cristianismo rompe esa lógica al proponer una lealtad última que no es política, sino transpolítica, y a un Dios que no es el de Roma. Incluso cuando el cristianismo se convierte en religión oficial, la vieja idea de res publica como comunidad sagrada queda debilitada.

 

Relacionado con esto está el desplazamiento de la legitimidad moral. En el mundo romano tradicional, el emperador era pontifex maximus y el orden político coincidía con el orden cósmico. En el mundo cristiano, el emperador pasa a ser un laico ante Dios, susceptible de corrección pública por parte de los obispos, como muestra el célebre enfrentamiento entre Ambrosio de Milán y Teodosio. Esto no destruye el Imperio, pero lo fragmenta moralmente e introduce centros de autoridad paralelos que antes no existían.

 

El cambio quizá más profundo afecta al horizonte del sacrificio. En la República, morir por Roma equivalía a alcanzar la gloria eterna; en el cristianismo, el sacrificio supremo es morir por Cristo y asegurar la salvación del alma. Morir por el Imperio no deja de ser posible ni honorable, pero pasa a ser contingente y secundario. No es que los romanos dejen de luchar, sino que Roma deja de ser el valor absoluto por el que todo lo demás se ordena.

 

Aquí es donde la interpretación de Gibbon resulta más problemática. Para la mayoría de historiadores actuales, el cristianismo triunfa porque Roma ya está en crisis, no al revés. La nueva religión ofrece comunidad, sentido, redes de ayuda y una autoridad moral coherente en un mundo donde el Estado ya no cumple eficazmente esas funciones. En este sentido, el cristianismo no mata al Imperio, sino que ocupa el vacío que el propio Imperio ha ido dejando.

 

La gran ironía histórica es que el cristianismo contribuye a la descomposición del Imperio romano de Occidente, pero al mismo tiempo hace posible la supervivencia de Roma bajo otra forma. Sin la Iglesia no habría transmisión del derecho romano, ni preservación del latín culto, ni memoria imperial. La Iglesia hereda Roma cuando Roma ya no puede sostenerse a sí misma como proyecto político.

 

Así, Gibbon fue un autor brillante, provocador y profundamente parcial. Acertó al señalar que el cristianismo cambió el alma del Imperio, pero se equivocó al pensar que ese cambio bastaba para explicar su caída. Hoy diríamos que el cristianismo fue un factor decisivo de transformación cultural y moral, no la causa principal del derrumbe.

 

En último término, Roma cayó cuando el Estado dejó de ser un proyecto compartido, cuando las élites dejaron de jugarse la piel y cuando la identidad cívica se diluyó. El cristianismo no creó esa crisis, pero ofreció una salida espiritual que ya no pasaba por Roma. Y eso explica tanto su aparente papel disolvente en Occidente como su perfecta compatibilidad con la supervivencia imperial en Oriente.

 

Entonces, se abre una nueva veta. ¿Qué hay de Bizancio? ¿Podemos decir que el Imperio no cayó, porque Bizancio permaneció, y esperar que eso sea una idea-fuerza convincente?

 

A ver, yo soy el primero que quiere defender el cristianismo fijándome en Oriente. Ciertamente con Justiniano aun podemos hablar de Imperio, aunque estaba cogido con pinzas debido a la escasez de personal... Pero ¿es justo hablar de Oriente como Imperio? Llega un momento que tras las incursiones árabes primero y turcas después su dominio queda reducido a la Península Balcánica, ¿no?

 

Y entonces mi colega dice:

 

La duda que planteas es muy legítima y, de hecho, se sitúa en el centro de un debate historiográfico clásico: hasta qué punto es correcto seguir llamando “Imperio romano” a lo que solemos denominar Bizancio. La respuesta breve es que sí, es justo hablar de Imperio, pero no en el mismo sentido que en la Roma clásica y no sin importantes matices. La cuestión es compleja porque depende de qué criterios se utilicen para definir qué es un imperio y qué es, específicamente, un imperio romano.

 

Si atendemos a esos criterios, Bizancio pierde claramente la continuidad territorial que había caracterizado al Imperio romano clásico, pero conserva de manera sorprendentemente sólida otros elementos fundamentales durante siglos: la continuidad legal, la continuidad institucional y la autopercepción identitaria. El derecho romano sigue vigente, la maquinaria administrativa imperial continúa funcionando y, sobre todo, el Estado y sus habitantes se conciben a sí mismos como romanos sin ambigüedad alguna.

 

En tiempos de Justiniano, en el siglo VI, todavía es posible hablar de Imperio casi sin comillas. La reconquista de Italia, África y parte de Hispania, la codificación del derecho romano, la existencia de una administración imperial reconocible y la vigencia de una ideología imperial universal hacen que su proyecto no sea meramente simbólico. Sin embargo, como bien señalas, ese Imperio estaba sostenido con enorme fragilidad. La escasez de población, las guerras agotadoras y la peste de Justiniano minan gravemente su base material. Aun así, la pretensión imperial sigue siendo real y operativa, no una simple nostalgia del pasado.

 

El verdadero punto de inflexión llega en el siglo VII con las conquistas islámicas, más que con la posterior presión turca. La pérdida de Siria, Egipto y Palestina supone un golpe fiscal y demográfico devastador y marca el fin del Mediterráneo como espacio romano unitario. A partir de ese momento ya no estamos ante una Roma en dificultades, sino ante un Estado que se ve obligado a reinventarse para sobrevivir.

 

Es aquí donde surge la objeción más fuerte: si el dominio imperial queda reducido, ¿no se limita esencialmente a la península balcánica? La respuesta requiere matices importantes. El Imperio no se reduce solo a los Balcanes; Anatolia sigue siendo durante siglos el auténtico corazón del Estado, tanto en términos demográficos como militares y económicos. Constantinopla, además, controla el Bósforo y rutas comerciales clave, lo que le otorga una posición estratégica excepcional. Territorialmente el Imperio es más pequeño, sin duda, pero sigue siendo continuo, centralizado y estratégicamente coherente, muy lejos del carácter fragmentario y caótico de la antigua Roma occidental.

 

Lo que cambia de manera decisiva es el propio concepto de Imperio. El Imperio romano clásico había sido universalista, expansivo y centrado en el Mediterráneo como espacio político integrado. El Imperio romano medieval, en cambio, es defensivo, cristiano y claramente centrado en Constantinopla. Su supervivencia se apoya en una fiscalidad eficiente, una diplomacia extremadamente sofisticada y una forma de guerra más limitada y calculada. Es un Imperio orientado a resistir y perdurar, no a conquistar sin cesar, salvo en momentos muy concretos.

 

En este nuevo contexto, la universalidad ya no es territorial, sino ideológica. El emperador sigue siendo el basileus ton Rhomaion, el Estado sigue concibiéndose como la autoridad romana y los súbditos continúan llamándose a sí mismos Rhomaioi. No hay ruptura identitaria. Para quienes viven dentro del Imperio, no existe “Bizancio”: existe Roma, aunque sea una Roma transformada.

 

Una comparación incómoda pero útil ayuda a aclarar esta cuestión. El Sacro Imperio Romano Germánico presenta una enorme pretensión imperial, pero una continuidad institucional y legal muy limitada. Bizancio, en cambio, muestra una expansión territorial modesta, pero una continuidad administrativa, jurídica y cultural extraordinaria. Si uno de los dos merece con mayor justicia el nombre de Imperio romano, ese es Oriente.

 

Incluso en los siglos finales, entre los siglos XIII y XV, cuando el territorio imperial se reduce de manera dramática, siguen existiendo un emperador, una corte, un sistema jurídico romano, una burocracia funcional y una diplomacia plenamente integrada en el concierto internacional. Han existido imperios con menos recursos y menor coherencia. El problema no es el tamaño del territorio, sino la capacidad de gobernar de forma imperial, y Bizancio conserva esa capacidad hasta el final.

 

En conclusión, tu intuición es correcta en parte. El Imperio oriental ya no es el Imperio romano clásico, ni es universal en sentido territorial, ni domina el mundo mediterráneo. Pero también es cierto que mientras Constantinopla resiste, Roma sigue viva, no como un recuerdo arqueológico, sino como un Estado romano plenamente consciente de sí mismo.

 

Finalmente, todo esto conecta directamente con la cuestión del cristianismo. Oriente demuestra que el cristianismo no impide la supervivencia imperial. Lo que destruye al Imperio es la pérdida de recursos, la presión externa constante y, sobre todo, la incapacidad de Occidente para reinventarse. Bizancio supo hacerlo; Occidente, no.

 

Señala algo superimportante, a mi juicio. Cuando se pierde el norte de África se pierde el granero del Imperio. Para mí, entonces, es cuando carece de sentido usar la etiqueta de manera “propper”, como dirían los ingleses. Se da el típico fenómeno de que el signo permanece, pero el significado cambia. De esto Umberto Eco ha hablado cosas. Ya no es una expansión territorial enorme, que abarca etnias diversas, con zonas que dan réditos agrícolas gigantescos. Es un enclave de un par de penínsulas (cuando rechazan a los árabes primero) y finalmente de una cuando los turcos ganan terreno.

 

Es admirable su sofisticación y perseverancia, claro. Son muchos siglos de resistencia y de baluarte contra el Islam y de conservación de la sabiduría (que tanto los árabes omeyas, los cruzados y los venecianos van extrayendo y redescubriendo). Pero no es el Imperio Romano de Claudio. De Trajano. De Marco Aurelio. De Constantino. Incluso de Justiniano. Es otra cosa. Un reino medieval muy avanzado.

 

¿Dónde diablos se perdió la receta del fuego griego?

LA CAIDA DEL IMPERIO Y LA ENTREGA DE LA VIDA, LA LUCHA Y LA MUERTE.

 13/12/2025

 

LA CAIDA DEL IMPERIO Y LA ENTREGA DE LA VIDA, LA LUCHA Y LA MUERTE.

 

He estado escuchando bastantes charlas sobre las distintas épocas romanas de la antigüedad. De la Roma imperial, en mayor parte. El año pasado me informé someramente de cómo era la República tras las guerras con Cartago, en las defensas contra los bárbaros del norte (en esa época teutones y cimbrios), maniobradas por la figura impresionante de Mario. No es el punto de este artículo escrito por alguien que sabe de veras poco del tema ahondar en Mario, las reformas que hizo a las legiones, como incorporó los plebeyos a la vida militar y que influencia tuvo en Julio Cesar, una de las figuras que siempre me han atraído de manera magnética y subconsciente.

 

En honor a la verdad, parte de mi conocimiento viene del primer libro de Santiago Posteguillo sobre Cesar, parte de las charlas de Eva Tobalina y otros, y de haber leído los “Comentarios sobre la Guerra de las Galias”. Que no es nada, pero sí es poco. Siguiendo esta práctica de ser cristalino, para que se vean claramente mis intenciones y no haya dobleces, enfoco mi investigación como un hispano de genética íbera, cristiano convencido, que rehúsa a admitir que el cristianismo fue la causa de la caída de un Imperio, y que, mostrando un ecléctico caso del síndrome de Estocolmo, quiere reconciliar una gente que sometió a sus ancestros y les dio una plataforma en la Historia. Aunque ese tema de las identidades me lo guardo para luego.

 

De modo que seguimos con lo ya hablado anteriormente, y añado un poco más. ¿Por qué cayó el Imperio Romano? Veamos lo que he conversado con mi particular oráculo de Delfos:

 

Roma cayó porque no había romanos que quisieran morir por ella. Esto no es solamente un problema demográfico, no obstante. Es una cuestión también de desilusión, pérdida de la convicción de que la clase dirigente vela por el bien común y se juega la piel tanto como los de abajo.

 

La cuestión pertinente es, pues, ¿Roma hacía más por su pueblo en los tiempos de la mediana república (durante las guerras con Cartago y Macedonia) o en la época imperial? Tengo entendido que los tiempos posteriores a Marco Aurelio fueron especialmente convulsos. Los bárbaros ganaban fuerza y el núcleo interno de Roma, principalmente la península itálica, se desentendía en lujos y vanidades. Las legiones las componían gentes de los lindes, no romanos de rancio abolengo. Gentes de los lindes olvidadas y expuestas a las inclemencias de los enemigos. Luego, a la solución a la que se llega si no entiendo mal, es que Roma comience a depender de federados. Esencialmente tribus germánicas medio romanizadas, pero que mantenían una identidad cultural lo suficientemente distinta como para no integrarse del todo.

 

Eso fue la semilla de la futura caída. Al fin y al cabo, no son los hunos los que acaban con el imperio romano de occidente, si no los godos, un pueblo del que Roma había hecho uso por décadas.

 

O sea que, de nuevo, pregunto, ¿Roma hacía más por su gente en la época medio republicana que en la bajo imperial?

 

El contexto, claro, es que recién me he informado de como era la época bajo imperial de manera más exhaustiva. Había pocos soldados romanos, necesitaban de alianzas constantes con visigodos, francos, alanos, burgundios y supongo que un largo etc. Alianzas que se rompían y se volvían a establecer, pues su brazo llegaba a lo que llegaba. Los hunos habían llegado pisando fuerte desde hace un tiempo, saqueando incluso Egipto, pasando por todo lo que hoy es Grecia y los Balcanes y jodiendo la marrana estableciéndose en la estepa más allá del Danubio y un poco alrededores de él (creo que en las grandes planicies que hay en Hungría y aledaños).

 

Aecio venció a Atila en los Campos Cataláunicos, después de sorprenderlo en el asedio de Orleans, mostrando un genio militar enorme. Decidió perdonarle la vida, seguramente, en un quizás errado cálculo político, pensando (de nuevo especulamos) que los godos en sí ya eran un problema y solo faltaba que tuviese que lidiar con ellos sin el azote que los había mantenido a raya. El hijo del muerto Teodorico (el cual inspiró a Tolkien para la figura de Theoden cuentan las buenas lenguas) se marcha tras la batalla a sus dominios en el suroeste para ponerles las cosas claras a sus hermanos. Luego no sé que pasa la verdad, aún no lo he investigado, pero son los visigodos los que saquean Roma otra vez y acaban con el imperio.

 

Nota del editor a tiempo real: falso. Los visigodos habían saqueado Roma ya en el 410 (no en torno al 20 como quise dejar caer en mi comentario sobre el romano amargado del otro día), liderados por Alarico. O sea que los federados ya habían saqueado Roma bien saqueada y los que le dan el golpe de gracia tras una serie de sucesos de los que no tengo ni zorra idea, parece ser que iban tras el liderazgo de un tal Odoacro, de origen godo genérico (ni “visi” ni “ostro”) y seguramente mezclado con huno.

 

Parece ser que por entonces ya quedaba poco de ejército romano propiamente dicho. Me aventuro a que fue por tremendas luchas intestinas y asesinatos entre bambalinas.

 

La cuestión, de vuelta al meollo: ¿valía la pena morir por Roma más en la época republicana que en la época bajoimperial? ¿La cuestión es de Perogrullo? Veamos lo que nos cuenta O.D.:

 

La idea de que “Roma cayó porque no había romanos dispuestos a morir por ella” es sugerente, pero necesita matización. Roma no colapsó por falta de hombres ni siquiera por falta de ciudadanos romanos en sentido jurídico. Lo que se erosionó progresivamente fue el vínculo entre el Estado, las élites y la población. Cuando ese vínculo dejó de percibirse como recíproco y pasó a ser puramente instrumental, Roma dejó de sentirse como algo propio. El problema no fue que la gente se volviera cobarde, sino que el Estado dejó de parecer justo, compartido y digno de sacrificio.

 

En la República media, especialmente durante los siglos III y II a. C., ese vínculo funcionaba de manera relativamente sólida. El ciudadano romano pagaba con su sangre, pero recibía algo a cambio: botín, tierras, prestigio y posibilidades reales de ascenso social. Las élites combatían en persona y compartían los riesgos, como muestran los numerosos cónsules muertos en batalla o las derrotas devastadoras asumidas colectivamente. Existía una noción clara de res publica: el Estado no era una entidad abstracta ni una corte distante, sino algo que pertenecía a los ciudadanos. No era una sociedad igualitaria ni benévola, pero sí una comunidad percibida como compartida.

 

Esa percepción se reforzaba por una identidad cívica muy fuerte. El ejército era esencialmente una milicia ciudadana, y el servicio militar estaba ligado a la propiedad, al derecho al voto y al honor familiar. Morir por Roma tenía sentido porque Roma era, en gran medida, la proyección ampliada de uno mismo, de la familia y del linaje.

 

Con el Alto Imperio, entre los siglos I y II, comienza una transformación decisiva. El sistema ofrece paz, seguridad, infraestructuras y abastecimiento regular, pero a cambio el ciudadano deja de ser un actor político. El ejército se profesionaliza y el poder se concentra en el emperador y su entorno. Mientras hay expansión, botín suficiente, emperadores competentes y un sistema fiscal soportable, el equilibrio se mantiene. Sin embargo, ese modelo depende de condiciones que no pueden sostenerse indefinidamente.

 

El reinado de Marco Aurelio marca un punto de inflexión. Tras su muerte, el Imperio entra en una fase de guerras casi continuas, epidemias, presión creciente en las fronteras y crisis sucesorias. Roma ya no puede ofrecer lo mismo que antes, pero sigue exigiendo cada vez más. Es aquí donde empieza a romperse la percepción de reciprocidad.

 

En el Bajo Imperio, la sensación de que Roma hace menos por su gente se vuelve evidente. Italia pierde progresivamente sus privilegios fiscales, Roma deja de ser una capital efectiva y las élites viven del Estado más que para el Estado. No se trata solo de decadencia moral o gusto por el lujo, sino de una desvinculación estructural entre quienes gobiernan y quienes sostienen el sistema.

 

Al mismo tiempo, el ejército deja de ser “romano” en un sentido cultural fuerte. El reclutamiento se concentra en las zonas fronterizas, en gentes que defienden territorios que no sienten como propios y que rara vez ven al emperador. La lealtad se desplaza del Estado a los generales, y Roma comienza a externalizar su defensa de forma progresiva.

 

La incorporación de federados es, en ese contexto, una solución lógica a corto plazo, pero un desastre a largo plazo. No se trata simplemente de mercenarios, sino de pueblos enteros armados dentro del Imperio, que conservan sus líderes, sus leyes y su identidad. Roma ya no integra; negocia desde la debilidad. Por eso es significativo que no sean los hunos quienes destruyan el Imperio de Occidente, sino los godos, un pueblo que llevaba décadas sirviendo a Roma, que conocía sus debilidades y que sabía que el Estado romano no cumpliría sus promesas. La ruptura de la confianza es total.

 

Así, a la pregunta de si Roma hacía más por su gente en la época medio republicana que en la bajo imperial, la respuesta es afirmativa. No solo hacía más, sino que pedía menos sin ofrecer nada a cambio. En la República media existía un equilibrio entre sacrificio, recompensa y pertenencia; en el Bajo Imperio, el vínculo se reduce a impuestos, coerción y alienación. Roma no cayó por falta de soldados, sino porque dejó de ser percibida como un proyecto común.

 

Roma no murió cuando entraron los bárbaros. Murió cuando ser romano dejó de significar algo por lo que valiera la pena arriesgarlo todo. Y eso, como bien intuyes, no es solo un problema demográfico, sino profundamente político y moral.

 

Este análisis, claro, no puede sustituirse por opiniones de expertos que citan las fuentes primarias. Tengo entendido que José Soto Chica lo hace y tengo ganas de comprarme su libro “El Águila y los Cuervos”, que va de todo esto. La inteligencia artificial tiende a darte la razón y confirmar parcialmente tus sesgos, en mi experiencia, pero creo que en general todo esto es certero.

 

Siempre queda la perenne pregunta, ¿estamos exagerando? ¿Tan mal se vivía? Hay que tener en cuenta que los ciudadanos de la república se tenían que enzarzar en luchas terribles y brutales con los pueblos que los rodeaban. Vale, sí, que vengan los bárbaros y te roben las cosechas, te violen la mujer y te degüellen es una putísima mierda. Pero ¿y si no te enteras? ¿Y si haces oídos sordos? Supongo que es lo que pasa ahora. Ejem. Hay malos foráneos que matan robando viejas, violan en grupo, hacen que en ciertos barrios no se pueda vivir… No obstante, ¿y si no te enteras? Tampoco se vive tan mal.

martes, 18 de noviembre de 2025

EL COLAPSO DEL IMPERIO ROMANO. ELONCIO CONTRA TIPO DE CASCO ROMANO.

18/11/2025

 

¿QUIÉN NO PIENSA A MENUDO EN EL IMPERIO ROMANO?

 

¿Quién no piensa a menudo en el Imperio Romano?

 

Al parecer el magnate dueño de la red social X (previamente conocida como Tuiter), piensa en él con bastante frecuencia. Antes Tuiter (ahora X) nos deja disfrutar de interacciones con las que jamás podríamos soñar si viviésemos en épocas anteriores. Veamos como han intercambiado Eloncio y Tipo de Casco Romano un par de palabros:

 

—No hay medida de política exterior que pueda salvar una civilización si su población sigue en descenso. El colapso de la población romana a lo largo de los tiempos fue lo que hizo que causó a Roma caer. Los romanos estaban preocupados por ello, pero fallaron en detenerlo—Eloncio Muskio.

 

—El Imperio Romano no cayó por que su número de población colapsara. El Imperio Romano de Occidente contenía más de 15 millones de personas, y cayó por un puñado de Godos y Vándalos. Roma cayó porqué delegó a extranjeros bárbaros mercenarios el trabajo de soldados. Roma murió porque no había romanos que quisieran morir por ella—Tipo de Casco Romano.

 

Luego tenemos una lucha de menciones a la inteligencia artificial Grok, empezada por su padre Eloncio. Le pide que nos explique que pelotas son las leyes de Augusto (extraño movimiento, si me preguntas a mí, ya que Augusto es el primer emperador y por lo tanto el más alejado del tiempo con el último Rómulo Augústulo, unos 470 años de diferencia).

 

—Augusto—nos cuenta Groquer Muskio—puso en marcha una serie de leyes pronatalistas para combatir el descenso percibido en población dentro de los ciudadanos romanos. Estos estaban empujados por preocupaciones sobre la capacidad de pertrechar las huestes militares, la continuidad de la herencia y la preservación de las costumbres ancestrales romanas. Las leyes penalizaban el no tener hijos y el ser célibe, mientras que se recompensaba el matrimonio y las grandes familias.

 

—Elon, esto fue 500 años antes de que el Imperio Romano cayese. Durante el reinado de Augusto, la población de Roma de hecho aumentó de 4 a 5 millones. Los romanos como Augusto no estaban cabreados de que la población general descendiese, sino de que ya no era romana—le responde Tipo de Casco Romano.

 

Luego invoca a Groquer de Casco Romano, que le alecciona:

 

—Las leyes de Augusto, como la Ley Julia, se enfocaron en la baja natalidad de los ciudadanos de la élite, ofreciendo incentivos para el matrimonio y la crianza mientras que penalizaba a los que no tenían vástagos. Los números en el censo subieron de manera modesta, de 4 a 5 millones de ciudadanos registrados, pero esto reflejó trucos administrativos y franquicias, no una reproducción nativa robusta. La ansiedad más profunda era el remplazo demográfico: los romanos tradicionales no estaban cubriéndose a si mismos, de modo que dependían sobremanera en provinciales no romanos. El punto de Eloncio se mantiene en cuanto a la vitalidad a largo plazo de una civilización. Los números importan, pero también importa quien los compone.

 

No obstante, cuando la refriega parecía acabada, llega un tercero a abrir el cajón de mierda:

 

—Lo siento, pero no lo siento—dice educadamente Jasón el Rayo—. ¿Cómo cojones puede alguien que se considera un experto en la Historia Romana no admitir que el colapso de la población nativa no fue la principal causa del Imperio Romano de Occidente? Fue por muchos motivos: plagas, guerras, hambrunas, inflación, corrupción… Todo ello resultó en una escasa cantidad de hombres capaces de pelear. Roma se vio forzada a depender de mercenarios y eso resultó en el enorme pillaje de los godos y los vándalos. ¿Este tipo realmente piensa que el contrato de mercenarios fue sin causa y vino porque sí? ¿Acaso se ha parado a pensar porque fue necesario en primera instancia depender de los mercenarios? Increíble. No hay cantidad de libros que puedan ayudar aquel que no se para a sintetizar y conectar los puntos—acaba de una manera abrasiva.

 

Estoy seguro de que esos puntos, que es lo más obvio de señalar, y que viene dicho desde los tiempos del gordo de Eduardo Gibón, los unió hace tiempo y decidió cortarlos con tijerica, ya que no le parecía una tesis con la suficiente fuerza. Pero por ahora especulo.

 

Sin embargo, queda una pregunta pertinente: ¿por qué solo colapsó el Imperio Romano de Occidente y no ambos? ¿Por qué sabemos tan poco sobre el Imperio Romano de Oriente, que se ha denostado como Bizancio? ¿Acaso tiene que ver que era profundamente cristocéntrico?

 

Sigamos con el debate. Casco de Tipo Romano, ducho en las minucias de esa tan vasta historia, toma la delantera, citando una fuente primaria. Nos cuenta Sinesio:

 

Por mi parte me pregunto sobre muchas cosas, pero no menos sobre esta nuestra absurda conducta. Todo esto en el contexto de que cada casa, da igual como de humilde, tiene un escita como esclavo. El mayordomo, el cocinero, el que lleva el agua… todos escitas. Y su séquito, los esclavos que se agachan para llevar un sofá bajo en sus hombros, para que sus amos se apoyen en las calles, también escita. Ya que es hecho antiguo que su raza es la mejor para servir a los romanos. Pero estos hombres de pelo claro, que se arreglan las trenzas como los de Eubea, ¿deben ser al igual que esclavos en privado aquellos que gobiernan en público? Quizás es lo más increíble de este espectáculo. No se me ocurre un acertijo más preciso que este…

 

Es, supongo, en la naturaleza de las cosas, de que todo esclavo es enemigo de su maestro, en cuanto tiene ansias de superarlo. ¿Es el caso con nosotros también? ¿No estamos alimentando en una escala enorme este germen? Recordad, en nuestro casos no es solo que haya individuos deshonorados sino armadas grandes y perniciosas del mismo gen que nuestros esclavos y que por un destino malvado se han desparramado sobre el Imperio. Y han levantado generales de gran prestigio, entre ellos y nosotros, alegando a nuestra naturaleza cobarde.

 

Sigue hablando pero me da pereza traducirlo. Básicamente dice que los esclavos una vez los bárbaros entren en acción se unirán a ellos y darán por culo como los que más. Con extrema virulencia. Es escalofriante pensar que esto lo escribió cuarenta años (o más) antes del primer saqueo de Roma, y unos setenta de su caída. Su solución, y de los paralelismo entra la flojera, es que cada cual haga sus labores no especializadas, que los ciudadanos defiendan sus fronteras, y que dejen de traer inmigrantes para hacer el trabajo que nadie quiere hacer (en esos tiempos, guerrear, en los nuestros, llevar los mataderos, recoger las frutas y entregar los paquetes de amazonglovozaralgbtplus).

 

Volveremos a este tan apasionante tema.


viernes, 6 de junio de 2025

“SENTIDO Y SENSIBILIDAD”. RESEÑA.

 12/11/2021

 

“SENTIDO Y SENSIBILIDAD”. RESEÑA.

 

Este es el primer, y hasta la fecha único, libro que he leído de la autora inglesa Jane Austen y he de decir que me ha resultado bastante ameno. Tenía el prejuicio de que ha alguien tan viril como yo le iba a aburrir lo que yo consideraba una autora para mujeres, pero al parecer también tengo algo de maruja.

 

El libro está centrado en la vida de dos jóvenes señoritas recién salidas de la adolescencia, Elinor y Marianne, desde la perspectiva de la primera. Elinor es refinada, prudente e interesada en mantener la compostura y cumplir con los modales esperados, mientras que Marianne es impulsiva, emotiva y prioriza expresar de manera sincera lo que piensa.

 

Ambas, por supuesto, personifican distintos arquetipos de comportamiento femenino que contrasta con el de las mujeres de hoy en día. Esto es de esperar debido a que la obra se dedica a mostrar de manera honesta la vida de dos chicas en la Inglaterra de hace unos siglos, y no es ni mucho menos una obra revolucionaria que busca crítica los valores del momento.

 

A parte del valor inherente que proporciona cualquier obra al representar con fidelidad las culturas del pasado, en esta podemos encontrar lecciones morales, las cuales luego expondré, no obstante, antes quiero comentar ciertas cosas que me resultaron interesantes.

 

Capítulo a capítulo vemos como tema de conflicto central en las familias la repartición de la herencia. Los padres reconocen que tienen la obligación moral de no solo dejar dinero, sino un plan establecido de vida que va, con frecuencia, en contra de los deseos de sus hijos, como vemos que pasa con Edward Ferras.

 

Las familias perduran en el tiempo y dedican altos esfuerzos en mantener relaciones harmoniosas con otras, conllevando esto paulatinas visitas intra e intermunicipales. Esto de nuevo contrasta con la situación de muchas familias modernas fragmentadas en las cuales los miembros renuncian a la responsabilidad de los deberes comunales.

 

Esta novela vive y muere por sus personajes, los cuales están bien desarrollados, son carismáticos y van evolucionando a lo largo de la historia.

 

El tema central es la vida amorosa de las dos hermanas Elinor y Marianne Dashwood, en concreto la pequeña odisea que ambas deben sufrir hasta encontrar su marido.

Cabe mencionar que hay numerosos personajes secundarios que son importantes en la historia pero que no voy a mencionar debido al objetivo de mi análisis. Al principio del libro conocemos a Edward Ferras, que es un joven reservado, educado y no destaca por apuesto, y su relación con la famila Dashwood.

Se nos presenta que hay un sentimiento implícito de que Edward y Elinor están en el principio de una relación amorosa, además de la amistad que posee este con Marianne y el cariño que le tiene a la madre de ambas.

 

Esto hay que tener en cuenta que ocurre en una sociedad con una moralidad cristiana, de modo que las interacciones entre Edward y Elinor carecen de la toxicidad y degeneración de las actuales. Resalta lo sencillo que es para Edward tener un prospecto amoroso sin poseer cualidades excepcionales y como Elinor no huye de realizar cosas en pos de aumentar el aprecio de él. Como cualquier hombre sabe hoy en día, es decir comienzos del siglo veintiuno, en las sociedades occidentales es cada vez más difícil establecer una relación con una mujer.

 

El hecho es que las mujeres ya no quieren a los hombres en general ni una fracción de lo que antes lo hacían. Sus necesidades sociales satisfechas mediante las redes sociales, i.e. atención por parte del sexo opuesto, sus estándares han subido como la espuma y sus necesidades han cambiado. (A parte de otras muchas cosas).

 

Luego aparece, en el rescate de Marianne tras la caída de un caballo, un joven llamado Willoughby, el cual en los días próximos la visitará numerosas veces estableciendo su amistad con la familia, e incitando el interés amoroso de Marianne.

 

Willoughby es todo lo que Edward no es: muy apuesto, extrovertido y dispuesto a compartir sus opiniones. El romance que nace entre Marianne y Willoughby es mucho más intenso y explícito que el de su hermana, y vemos como la señorita adquiere una gran infatuación amorosa.

 

Marianne le cuenta en cierto momento a su hermana y madre que nunca pensaría que iba a encontrar a alguien que satisficiera todos sus deseos como hombre perfecto, pues ella tenía muy claro que obras literarias, y que piezas musicales le deberían gustar, y en general que perspectiva cultural debería tener.

 

Esto lo dice con 17 años, de modo que no se si interpretarlo como comportamiento clásico adolescente o es que las cosas iban mucho más rápidas entonces.

 

La familia Dashwood entera aprecia mucho a Willoughby, y parece que la boda entre ambos es inminente, sin embargo, lo inesperado ocurre: este se marcha un día, de repente, expresando que no sabría cuando volverían a verse.

 

El libro concluye con finales felices para ambas hermanas, y no voy a narrarlo en mayor detalle, sin embargo, el drama central gira en torno al desengaño amoroso que sufre Marianne con Willoughby.

 

Más tarde en la novela descubrimos que no solo Willoughby no hizo ningún compromiso explícito con Marianne, sino que posee un lado oscuro impensable considerando su comportamiento afable durante las visitas a la familia.

Marianne es rechazada y afectada en gran manera por ello, llegando a estar enferma grave, pasando numerosos días en la cama sin ganas de comer ni dormir.

 

El desenlace como he dicho es feliz y el drama es bastante más ligero que en otras obras más dedicadas a ser una moraleja con lo que a la moralidad sexual respecta, sin embargo, me parece que sí que posee un carácter didáctico. Las reglas sociales con lo que al matrimonio respecta en la época donde ocurre la novela vienen del cristianismo, paradigma que de manera explícta dice que el sexo fuera del matrimonio es incorrecto. Esto conlleva a un compromiso por parte del hombre y mujer que desean tener una relación correcta a los ojos del Señor, o en la cultura más secular y diluida de la Inglaterra donde ocurre: de la sociedad y familia.

 

A oídos modernos este compromiso suena a castigo, pero es, como expone esta novela, todo lo contrario: una salvaguarda que protege y beneficia a ambos.

 

El compromiso de uno con otro por un futuro puede prevenir comportamientos tóxicos comunes hoy en día. El matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer donde ambos se sacrifican por el otro, y cuya base es el amor. La atracción es un componente necesario y bueno que debe darse, sin embargo, esto no debe confundirse con la lujuria, pasión que incita a usar a alguien meramente como un objeto para satisfacernos, para extraer valor.

 

Como ya he dicho la obra no es una dedicada a instruir en la moralidad de las relaciones, y pienso que, teniendo en cuenta el título, el objetivo de la obra es presentarnos el día a día de las dos chicas lidiando con sus problemas amorosos, haciendo la autora una muy buena caracterización de los personajes que aparecen.

 

A mi sin embargo me apetecía hacer esta pequeña reflexión, y concluyo diciendo que el libro es ameno, entretenido y ligero, bueno para evadirse y relajarse sin darle mucho al coco.

 

Nota del editor: joder, antes escribía con un palo metido por el ojete. Además de que era mega plomizo. ¡No sé cuantas veces he eliminado adverbios acabados en -ente! No los busques, ya no están.

 

Nota dos: todavía no he leído más de JA, mis ansias de romance las para don Alejandro Dumas.

 

VEGANISMO, MUERTE Y “GÉNESIS”

 14/10/2021

 

VEGANISMO, MUERTE Y “GÉNESIS”.

 

El veganismo es una postura moral que afirma que es incorrecto la explotación de los animales por parte del ser humano con objetivos de obtener recursos, alimento, trabajo etc.

 

Una de las formas mediante las cuales los activistas veganos tratan de convencer a la gente de su error es mostrándoles vídeos de animales siendo matados.  Son escenas, y situaciones que ocurren millones de veces todos los días, viscerales y perturbadoras.  Nos tocan en lo más profundo de nuestra alma. ¿Cómo puede tal acto puede ser justificado en lo moral?

 

La moralidad tiene una única base: Dios.

 

Dios determina lo que está bien y está mal. No es un acto de voluntad arbitraria por su parte, no es algo que mañana puede determinar qué es lo contrario. Es consecuencia de su Ser. Podemos mediante el uso de nuestra consciencia intuir lo que está bien y está mal, pero solamente la verdad revelada enuncia completamente la moralidad. La muerte es un castigo por el pecado primordial del hombre y nos produce un sentimiento enorme de rechazo por ello. Dios no creo al ser humano y a los animales sujetos a la muerte, sino que la muerte entro al mundo con el pecado primordial porque entonces Satanás comenzó a tener poder sobre la creación.

La muerte de los animales nos recuerda eso, el terrible pecado que cometió Adán y que todos podemos cometer.

 

Nota del editor: aquí se ve mi obsesión caducada de ser serio, solemne, sórdido, sopa de letras. De nuevo, las cosas a las que aquí apunto son ciertas, aunque quizás no esté contento en como las dije. En parte por énfasis erróneo, en parte por que mi personalidad estaba sepultada so pretexto de parecer sofisticado.

 

El problema de erigir un sistema moral sin el anclaje de un Ser trascendental que castigue o premie las acciones es viejo. Por un lado, está el punto filosófico: aquello que está bien y aquello que está mal, ¿depende de quién lo juzgue? La respuesta moderna es: “claro, pero no por eso lo hace inútil”. Apelan a que a pesar de que la moral es relativa, podemos mediante el uso de la democracia llegar a una solución común, buena, justa, feliz, chupi guay, que nos beneficia a todos.

 

No hay un bien absoluto, pero nos da igual, nos conformamos con el relativo. Esto, claro, no es más que el triunfo de la voluntad a través de la coerción por parte de la mayoría. Es Nietzsche blandido por la charocracia. “Dictamos el Bien y el Mal, y si no te gusta metemos a un millón de negros más en el país y te molemos a impuestos”.

 

Basta ya con el problema filosófico para ver que la cuestión no es nimia, pero si nos derivamos a la cuestión histórica nos damos cuenta de que el debate no es estéril. Que el Bien sea relativo tiene consecuencias fatales, pues la democracia ha elegido regímenes que desde el punto de vista global-satánico son anatema: el sur esclavista, la Alemania nazi, la Palestina de Hamás, la Rusia de Putin. Y un largo etc. Es una paradoja insalvable, muy a la vena de “La Sociedad Abierta y sus Enemigos”. No tocando si quiera el problema del nihilismo en el que desemboca en la mente de las cabezas libres. Lean ustedes a Dostoyevski, habla de eso.

 

En cuanto al veganismo per se, se pueden decir más cosas.

 

Los veganos se dicen no "especistas": es decir, consideran que todas las especies son iguales al resto. Está igual de mal matar un perro (que en Occidente no se come, pero en China sí), que una vaca (que en Occidente se come, pero en la India no), que un gorrión, que un pez, que una langosta. No sé si se llega a aplicar a insectos. Bueno esto es una regla que ni ellos siguen, pues cualquier cultivo mata ratones, pajaritos, topos; ahuyenta langostas (de tierra esta vez), gusanos, conejos, tordos…

 

Nadie se libra de ser un hijo de puta parcial para con la Creación. Triste historia.

 

 

TRAGEDIA Y ESPERANZA

 07/12/2021

 

TRAGEDIA Y ESPERANZA.

 

La historia del siglo XX ha sido el resultado de la voluntad del establecimiento angloamericano, una etiqueta que engloba varias generaciones de banqueros y familias ricas de genética judía e inglesa.

 

No fue el resultado de situaciones caóticas, como se nos cuenta, sino que lo que ocurrió fue o permitido o buscado por estas todopoderosas elites. Todas las ideologías son vistas y usadas como una herramienta por esta gente, para hacer que las poblaciones adquieran una mentalidad que resulte en una población dócil y controlada. Ellos sin embargo no le importa los más mínimo el liberalismo, socialismo, humanismo etc., solo les interesa el control.

 

¿Cómo sabemos esto?

 

Está documentado que las cosas que han ocurrido estaban planeadas y han admitido a posteriori que lo han hecho. Eso sí, mientras esta admitido en documentos de difícil acceso, o tomos que nadie tiene interés en leer, a través de los medios de comunicación que ellos controlan, solo que mienten diciendo que no es el caso, para disuadir a la mayoría de las personas.

 

Es decir, gritan que es mentira, y luego susurran que es cierto, pero nadie se va a dar cuenta.  El propio tomo de “Tragedia y Esperanza” guarda la mayoría de información al respecto, por un historiador de su propio grupo, que se dedica a enumerar los datos, exponer las tácticas y a la vez hacer apología de todo ello. Esto es: Carrol Quigley, haciendo un ejercicio de doble pensamiento al estilo descrito en las obras de George Orwell, admite todas las estafas y mentiras que han hecho y siguen en pie los oligarcas, y a su vez argumenta que es por el bien común y que a él le parece bien.

 

De todas formas, ¿qué ves a tu alrededor?

 

¿Culturas tradicionales, pequeños negocios, grandes familias, hombres fuertes y mujeres femeninas? ¿O ves “Cocacola”, “Pepsi”, “Macdonalds”, globalismo, la destrucción de la clase media etc.? En “TyE” se enumeran incontables datos de como lo que es considerado en la narrativa oficial como oposición al liberalismo de occidente como el comunismo y el nazismo fueron financiados por los oligarcas del bloque atlántico. Las dos guerras mundiales fueron ingeniadas por los banqueros angloamericanos para asegurarse que el único bloque capaz de rivalizarlos en poder, una hipotética coalición de Rusia y Alemania fuese destruido.

 

Así mismo el comunismo en Rusia, es cultura general a este punto que la mayoría de los bolcheviques eran judíos y el comunismo fue financiado por los oligarcas de occidente.

 

jueves, 5 de junio de 2025

LA PÉRDIDA DE LA INOCENCIA

 05/06/2025

 

LA PÉRDIDA DE LA INOCENCIA.

 

Perdí la infancia demasiado rápido, demasiada lucidez temprana. Vivimos en una época en la que se fomenta eso: sexualidad en la niñez, desilusiones rápidas: la vida es una mierda y nada tiene sentido. Los cómics y los juguetes se intercambian por una estricta dieta de tiktoks, pornografía y competiciones extrañas. La luz en los ojos se apaga antes, muchísimo antes de lo estipulado. ¿Cuál es la solución? Ante esta andanada de putridez y lodo, ante ese influjo constante de desesperación y degeneración, ante ese campo vectorial ortogonal a todo sentido común cultivado en siglos anteriores, ¿qué hacer?

 

Lo primero, reconocer el daño y abandonar el veneno. La tele, el netflix, la propaganda que nos acomete por todos los lados, la ortodoxa histórica y científica, impuesta por los de siempre por lo de siempre. Crear un oasis de cultura, silencio y amor. Prestar atención al murmullo de los pájaros, al correr del viento por las hojas, al olor a petricor tras las cuatro gotas veraniegas de turno, al pulso de tu madre cuando le das un beso...

 

Volver a la sabiduría de siempre, relajarte y enfocarte en aquellas obras que te devuelven, de manera paradójicamente nostálgica, a una infancia que nunca tuviste. A los libros de Julio Verne, a los comics de Historia, a las novelas de Dumas, las crónicas de C.S. Lewis, los libros de Susan Cooper, los libros de John C. Wright, Vox Day, P.G. Woodhouse...

 

Un parón ante el nihilismo incesante de lo contemporáneo...

 

Y me doy cuenta de que siempre acabo hablando de lo mismo, de Dios y sus consejos. No quiero ser pesado, ni machacón, ni fundamentalista; pero los ecos de la historia del Jardín resuenan en mi cabeza con fuerza cada vez que echo la vista atrás. Supe demasiado sobre el mundo demasiado pronto: quien lo controla, la influencia perniciosa de los “alubios” en los medios de masa, el catastrófico estado de las relaciones intersexuales, el colapso demográfico... Todo a la vez, en un periodo de mi vida en el que los males corporales me achacaban, en la que mi salud era tirando a pésima; y me metió en un ciclo descendente del que me costó bastante salir.

 

Al final, creo, que todo ha ido bien. Logré, tras mucho esfuerzo, cabalgar la ola. Pero dejé mucho en el camino. No solo piel lacerada del derrapar sobre el asfalto y pelos caídos por el estrés, también cayó parte de mí, parte que era responsable de sentirme feliz.

 

Todos maduramos, sí, pero hoy en día lo hacemos mal. Aprendemos a desfallecer, pero no a asumir responsabilidades. Debería ser al revés.

 

El árbol del conocimiento estaba vetado por un buen motivo, cada día lo tengo más claro.


“Os estoy Yo mandando como ovejas entre lobos. De modo que sed tan ladinos como las serpientes, tan inocentes como las palomas.”

- Mateo 10:16