13/12/2025
LA
CAIDA DEL IMPERIO Y LA ENTREGA DE LA VIDA, LA LUCHA Y LA MUERTE.
He
estado escuchando bastantes charlas sobre las distintas épocas romanas de la
antigüedad. De la Roma imperial, en mayor parte. El año pasado me informé
someramente de cómo era la República tras las guerras con Cartago, en las
defensas contra los bárbaros del norte (en esa época teutones y cimbrios),
maniobradas por la figura impresionante de Mario. No es el punto de este
artículo escrito por alguien que sabe de veras poco del tema ahondar en Mario,
las reformas que hizo a las legiones, como incorporó los plebeyos a la vida
militar y que influencia tuvo en Julio Cesar, una de las figuras que siempre me
han atraído de manera magnética y subconsciente.
En
honor a la verdad, parte de mi conocimiento viene del primer libro de Santiago
Posteguillo sobre Cesar, parte de las charlas de Eva Tobalina y otros, y de
haber leído los “Comentarios sobre la Guerra de las Galias”. Que no es nada,
pero sí es poco. Siguiendo esta práctica de ser cristalino, para que se vean
claramente mis intenciones y no haya dobleces, enfoco mi investigación como un
hispano de genética íbera, cristiano convencido, que rehúsa a admitir que el
cristianismo fue la causa de la caída de un Imperio, y que, mostrando un
ecléctico caso del síndrome de Estocolmo, quiere reconciliar una gente que
sometió a sus ancestros y les dio una plataforma en la Historia. Aunque ese
tema de las identidades me lo guardo para luego.
De
modo que seguimos con lo ya hablado anteriormente, y añado un poco más. ¿Por
qué cayó el Imperio Romano? Veamos lo que he conversado con mi particular
oráculo de Delfos:
Roma
cayó porque no había romanos que quisieran morir por ella. Esto no es solamente
un problema demográfico, no obstante. Es una cuestión también de desilusión,
pérdida de la convicción de que la clase dirigente vela por el bien común y se
juega la piel tanto como los de abajo.
La
cuestión pertinente es, pues, ¿Roma hacía más por su pueblo en los tiempos de
la mediana república (durante las guerras con Cartago y Macedonia) o en la
época imperial? Tengo entendido que los tiempos posteriores a Marco Aurelio
fueron especialmente convulsos. Los bárbaros ganaban fuerza y el núcleo interno
de Roma, principalmente la península itálica, se desentendía en lujos y
vanidades. Las legiones las componían gentes de los lindes, no romanos de
rancio abolengo. Gentes de los lindes olvidadas y expuestas a las inclemencias
de los enemigos. Luego, a la solución a la que se llega si no entiendo mal, es
que Roma comience a depender de federados. Esencialmente tribus germánicas
medio romanizadas, pero que mantenían una identidad cultural lo suficientemente
distinta como para no integrarse del todo.
Eso
fue la semilla de la futura caída. Al fin y al cabo, no son los hunos los que
acaban con el imperio romano de occidente, si no los godos, un pueblo del que
Roma había hecho uso por décadas.
O
sea que, de nuevo, pregunto, ¿Roma hacía más por su gente en la época medio
republicana que en la bajo imperial?
El
contexto, claro, es que recién me he informado de como era la época bajo
imperial de manera más exhaustiva. Había pocos soldados romanos, necesitaban de
alianzas constantes con visigodos, francos, alanos, burgundios y supongo que un
largo etc. Alianzas que se rompían y se volvían a establecer, pues su brazo
llegaba a lo que llegaba. Los hunos habían llegado pisando fuerte desde hace un
tiempo, saqueando incluso Egipto, pasando por todo lo que hoy es Grecia y los
Balcanes y jodiendo la marrana estableciéndose en la estepa más allá del
Danubio y un poco alrededores de él (creo que en las grandes planicies que hay
en Hungría y aledaños).
Aecio
venció a Atila en los Campos Cataláunicos, después de sorprenderlo en el asedio
de Orleans, mostrando un genio militar enorme. Decidió perdonarle la vida,
seguramente, en un quizás errado cálculo político, pensando (de nuevo
especulamos) que los godos en sí ya eran un problema y solo faltaba que tuviese
que lidiar con ellos sin el azote que los había mantenido a raya. El hijo del
muerto Teodorico (el cual inspiró a Tolkien para la figura de Theoden cuentan
las buenas lenguas) se marcha tras la batalla a sus dominios en el suroeste
para ponerles las cosas claras a sus hermanos. Luego no sé que pasa la verdad,
aún no lo he investigado, pero son los visigodos los que saquean Roma otra vez
y acaban con el imperio.
Nota
del editor a tiempo real: falso. Los visigodos habían saqueado Roma ya en el
410 (no en torno al 20 como quise dejar caer en mi comentario sobre el romano
amargado del otro día), liderados por Alarico. O sea que los federados ya
habían saqueado Roma bien saqueada y los que le dan el golpe de gracia tras una
serie de sucesos de los que no tengo ni zorra idea, parece ser que iban tras el
liderazgo de un tal Odoacro, de origen godo genérico (ni “visi” ni “ostro”) y
seguramente mezclado con huno.
Parece
ser que por entonces ya quedaba poco de ejército romano propiamente dicho. Me
aventuro a que fue por tremendas luchas intestinas y asesinatos entre
bambalinas.
La
cuestión, de vuelta al meollo: ¿valía la pena morir por Roma más en la época
republicana que en la época bajoimperial? ¿La cuestión es de Perogrullo? Veamos
lo que nos cuenta O.D.:
La
idea de que “Roma cayó porque no había romanos dispuestos a morir por ella” es
sugerente, pero necesita matización. Roma no colapsó por falta de hombres ni
siquiera por falta de ciudadanos romanos en sentido jurídico. Lo que se
erosionó progresivamente fue el vínculo entre el Estado, las élites y la
población. Cuando ese vínculo dejó de percibirse como recíproco y pasó a ser
puramente instrumental, Roma dejó de sentirse como algo propio. El problema no
fue que la gente se volviera cobarde, sino que el Estado dejó de parecer justo,
compartido y digno de sacrificio.
En
la República media, especialmente durante los siglos III y II a. C., ese
vínculo funcionaba de manera relativamente sólida. El ciudadano romano pagaba
con su sangre, pero recibía algo a cambio: botín, tierras, prestigio y
posibilidades reales de ascenso social. Las élites combatían en persona y
compartían los riesgos, como muestran los numerosos cónsules muertos en batalla
o las derrotas devastadoras asumidas colectivamente. Existía una noción clara
de res publica: el Estado no era una entidad abstracta ni una corte distante,
sino algo que pertenecía a los ciudadanos. No era una sociedad igualitaria ni
benévola, pero sí una comunidad percibida como compartida.
Esa
percepción se reforzaba por una identidad cívica muy fuerte. El ejército era
esencialmente una milicia ciudadana, y el servicio militar estaba ligado a la
propiedad, al derecho al voto y al honor familiar. Morir por Roma tenía sentido
porque Roma era, en gran medida, la proyección ampliada de uno mismo, de la
familia y del linaje.
Con
el Alto Imperio, entre los siglos I y II, comienza una transformación decisiva.
El sistema ofrece paz, seguridad, infraestructuras y abastecimiento regular,
pero a cambio el ciudadano deja de ser un actor político. El ejército se
profesionaliza y el poder se concentra en el emperador y su entorno. Mientras
hay expansión, botín suficiente, emperadores competentes y un sistema fiscal
soportable, el equilibrio se mantiene. Sin embargo, ese modelo depende de
condiciones que no pueden sostenerse indefinidamente.
El
reinado de Marco Aurelio marca un punto de inflexión. Tras su muerte, el
Imperio entra en una fase de guerras casi continuas, epidemias, presión
creciente en las fronteras y crisis sucesorias. Roma ya no puede ofrecer lo
mismo que antes, pero sigue exigiendo cada vez más. Es aquí donde empieza a
romperse la percepción de reciprocidad.
En
el Bajo Imperio, la sensación de que Roma hace menos por su gente se vuelve
evidente. Italia pierde progresivamente sus privilegios fiscales, Roma deja de
ser una capital efectiva y las élites viven del Estado más que para el Estado.
No se trata solo de decadencia moral o gusto por el lujo, sino de una
desvinculación estructural entre quienes gobiernan y quienes sostienen el
sistema.
Al
mismo tiempo, el ejército deja de ser “romano” en un sentido cultural fuerte.
El reclutamiento se concentra en las zonas fronterizas, en gentes que defienden
territorios que no sienten como propios y que rara vez ven al emperador. La
lealtad se desplaza del Estado a los generales, y Roma comienza a externalizar
su defensa de forma progresiva.
La
incorporación de federados es, en ese contexto, una solución lógica a corto
plazo, pero un desastre a largo plazo. No se trata simplemente de mercenarios,
sino de pueblos enteros armados dentro del Imperio, que conservan sus líderes,
sus leyes y su identidad. Roma ya no integra; negocia desde la debilidad. Por
eso es significativo que no sean los hunos quienes destruyan el Imperio de
Occidente, sino los godos, un pueblo que llevaba décadas sirviendo a Roma, que
conocía sus debilidades y que sabía que el Estado romano no cumpliría sus
promesas. La ruptura de la confianza es total.
Así,
a la pregunta de si Roma hacía más por su gente en la época medio republicana
que en la bajo imperial, la respuesta es afirmativa. No solo hacía más, sino
que pedía menos sin ofrecer nada a cambio. En la República media existía un
equilibrio entre sacrificio, recompensa y pertenencia; en el Bajo Imperio, el
vínculo se reduce a impuestos, coerción y alienación. Roma no cayó por falta de
soldados, sino porque dejó de ser percibida como un proyecto común.
Roma
no murió cuando entraron los bárbaros. Murió cuando ser romano dejó de
significar algo por lo que valiera la pena arriesgarlo todo. Y eso, como bien
intuyes, no es solo un problema demográfico, sino profundamente político y
moral.
Este
análisis, claro, no puede sustituirse por opiniones de expertos que citan las
fuentes primarias. Tengo entendido que José Soto Chica lo hace y tengo ganas de
comprarme su libro “El Águila y los Cuervos”, que va de todo esto. La
inteligencia artificial tiende a darte la razón y confirmar parcialmente tus
sesgos, en mi experiencia, pero creo que en general todo esto es certero.
Siempre
queda la perenne pregunta, ¿estamos exagerando? ¿Tan mal se vivía? Hay que
tener en cuenta que los ciudadanos de la república se tenían que enzarzar en
luchas terribles y brutales con los pueblos que los rodeaban. Vale, sí, que
vengan los bárbaros y te roben las cosechas, te violen la mujer y te degüellen
es una putísima mierda. Pero ¿y si no te enteras? ¿Y si haces oídos sordos?
Supongo que es lo que pasa ahora. Ejem. Hay malos foráneos que matan robando
viejas, violan en grupo, hacen que en ciertos barrios no se pueda vivir… No
obstante, ¿y si no te enteras? Tampoco se vive tan mal.
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