30/05/2025
REFLEXIONES
SOBRE EL PERENNIALISMO, A UN AÑO VISTA.
Como
el título indica hace ya un año que me sumergí, en lo que a libros respecta, en
la “Tradición Perenialista”.
No
obstante, comencemos por el principio.
No
recuerdo cuando fue la primera vez que escuché el nombre de Julius Evola,
seguramente fuera de manera despectiva en “El Péndulo de Foucault”, o en el
blog de Vox Day, pero ni siquiera me di cuenta (lo menciono porque en
relecturas he reconocido su nombre). Antes de leerlo, antes incluso de escuchar
de opiniones de terceros sobre él, vi su cara circular en imágenes de
propaganda de la ultraderecha tuitera, y pensé, menuda facha.
Jajajaja.
Pongámonos
serios. El tío tuvo una apariencia particular, y esa mezcla de lo aristocrático
con lo mágico y el flirteo con ideas proscritas le daban un cierto “aura”.
¿Cómo
lo empecé a considerar de manera seria? Después de escuchar un discursito de
Gonzalo Rodríguez sobre la dimensión espiritual del trabajo, donde ponía en
perturbación de viento sobre partículas gaseosas inmóviles algo que yo llevaba
tiempo pensando: como haces cada una de las cosas importa. El empeño que le
dedicas, la seriedad con la que te la tomas, el enfoque de perfección que le
das importa. Trasciende, podríamos llegar a decir.
Toda
esta perspectiva resuena, está claro, con la temática japonesa de la vida. Lo
que transmiten los autores “mangaka” como Echiro Oda en “One Piece”, escritores
famosos como Murakami en “1Q84” … una maestría, un arte, un algo que me cautiva
y me atrae.
¿Qué
voy a decir? Venido de un hombre con apariencia de metalero, con barba de
sabio, y con el timbre de un hombre de la España profunda, con unas voces
sacadas de la época de Quevedo, me cautivó.
Me
ayudó a enfocarme en un trabajo de verano que hice como mozo de almacén,
alejado de mis empresas intelectuales de la universidad y de los libros.
Eso
fue en 2023.
Pero
me sumergí en Evola en 2024. Leí de carrerilla varias de sus obras más
conocidas: “Revuelta contra el Mundo Moderno”, “Cabalgar el Tigre”, “Metafísica
de la Guerra” (aunque esta no lo registré en “goodreads”, igual me estoy
tirando un triple), “El Misterio del Grial”, “Los Hombres y las Ruinas” y su
tratado de “El Hombre como Potencia” en el que contestaba a Guénon.
Escuché
partes de su “La Raza del Espíritu”.
No
es toda su obra completa, no son relecturas comprensivas. Es un recorrido inicial,
con muchos fallos, lo más seguro, de análisis, pero que aun así tiene su valor.
Yo vengo, como el lector astuto y ávido de mi blog sabrá, de un cristianismo
recalcitrante que eclipsa todo, mancha, llena de tinta y deforma todo aquello
lo que leo.
No
obstante, doy mi palabra de que le di a este buen hombre del siglo XX toda mi
buena fe. Lo leí como el que lee la biblia: con veneración, esperando que me
revelase una doctrina de la Trascendencia que me hiciera replantearme todas mis
creencias, labrar el fondo de mis asunciones.
No
lo hizo, pero sí contribuyó de manera estética en mi manera de ver el mundo, el
retorno, los ciclos, la edad de oro etc.
En
ese sentido la tierra era fértil, me gustaba la simbología aria, de Hiperboria
y otros mitos, me interesaban los misterios de las pirámides, de la Atlántida,
del “Diluvio Universal”, del Younger Dryas… De la perspectiva de Randall Carson
y otros.
Mi
mente estaba abierta, esperaba algo rompedor.
Me
encontré un pensador que comentaba las cosas con ojo de águila, con una prosa
trabajada, con unas ideas estéticas pulidas, con un conocimiento histórico que
parecía manejar, a sabiendas de opiniones estrafalarias, que apelaba a una
Tradición, y que lo hacía todo con mucha dignidad y aristocracia.
Me
encontré con una teoría muy interesante de lo Solar contra lo Telúrico.
Me
encontré con un mundo simbólico rico, muy útil para contar historias, cuentos,
fábulas. Supe conocer adjetivos como telúrico, ctónico, y titánico. Supe que
resistir las oleadas de un mundo que intenta con todas sus fuerzas cambiarte,
subirte en ellas y manejarlas con destreza es una victoria suficiente para
aquel iluminado en un mundo en ruinas.
No
obstante, siempre lo hice todo con una disonancia cognitiva (o eso creo) al
hacer las lecturas. No voy a mentir, con Evola la disonancia cognitiva era
pequeña, con Guenon, lo poquísimo que leí de él, era enorme.
¿Por
qué?
Pues
porque apelaba a una Tradición a la que yo en fondo no creía. Yo soy católico
ortodoxo, y las palabras de un pagano que toda su vida rechazó, hasta donde yo
sé, la Verdad más grande de todas, no calaban en lo más profundo de mi ser.
Me
forzaba a respetarlo, pero no me convencía.
Y
la cruz de la cuestión, referencia al Señor intencionada, era el concepto de
Trascendencia. Sí, el esfuerzo importa, sí, el ideal caballeresco importa, sí,
las pequeñas cosas importan. Más lo hace la violencia justa, y la muerte en
ella.
Pero
todo esto se queda en agua de borrajas si no apelamos a aquel que nos reveló de
manera exotérica, y no esotérica y distante como lo hacia el barón, que solo la
Verdad nos hará libres.
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